El poder sin límites rara vez beneficia a la gente. En muchos casos, los mecanismos de control existen solo en teoría, mientras que en la práctica son ignorados o manipulados.
El problema no siempre es la falta de leyes, sino su aplicación selectiva. Instituciones que deberían vigilar y sancionar terminan siendo influenciadas o utilizadas con fines políticos.
Esto genera un entorno donde las decisiones ya no buscan el bienestar público, sino intereses personales. Contratos irregulares, favoritismos y uso indebido de recursos se vuelven parte del día a día.
Un sistema sin rendición de cuentas está destinado a fallar. La clave está en fortalecer las instituciones y exigir que funcionen como deberían.




